Conocí hace un tiempo a una Caperucita
que ni llevaba comida a su abuelita,
ni llevaba caperuza roja.
Pero sí se encontró a un lobo,
que resultó tener alma de cordero.
Y Caperucita se sentía engañada,
porque su lobo, ni era malvado, ni era feroz.
Insistente era la Caperucita a la que conocí
y caprichosa, sobre todo caprichosa.
Recuerdo que me contó todo lo que lloró
que quería huir para siempre de las fauces de aquel lobo
y que de pronto ya no.
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Conocí hace un tiempo a un lobo feroz
que tenía el corazón de un pequeño cordero.
Tenía los dientes grandes, y los labios también.
El lobo no se comió a ninguna Caperucita,
pero sí se enamoró, aunque resultó salirle rana.
Y el Lobo se sintió engañado,
porque su Caperucita ni era dulce, ni era delicada.
El lobo al que conocí era testarudo
y también un pobre desgraciado,
pues de la Caperucita equivocada se había enamorado.
Ahora el lobo lloraba, y Caperucita ya no.
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Conocí hace un tiempo a una Caperucita
que amaba a un lobo, y después no le amaba.
Una Caperucita que en realidad era mala.
Conocí hace un tiempo a un lobo
que amaba a una Caperucita y todo por ella lo daba.
Pero ella en realidad era mala.


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