Todo a su alrededor cambiaba, no sabía bien si era el tiempo o el final del verano, pero de repente, todo el mundo estaba enamorado. Y le daba asco. Le daba asco no sólo por la envidia, sino porque sabía que ella realmente no quería eso. Ella quería la libertad de estar solo y andar por la carretera, solo parando cuando necesitase repostar en alguna gasolinera que no tenía porqué conocer, ni siquiera tenía por qué gustarle.
Era una situación extraña. Todos a su alrededor se veían extraños, y había perdido las ganas de seguir siendo atmosférica.
Se le erizaba la piel al pensar en lo sola que se había quedado. Todos, todos los que importaban, ahora estaban de dos en dos, y ella no cabía. Ella no cabía porque no quería. Desde siempre le había resultado incómodo estar en la misma habitación de una pareja que no fuera de su familia, y aún así, era reticente a salir con alguna de sus primas y sus flamantes novios.
Luego estaba esa extraña necesidad de estar todo el tiempo con Liam y Kem. Les necesitaba para respirar, y para vivir, porque ellos le daban todo lo que podría darle una pareja, sin ser pareja, sin las restricciones, sin las frustraciones sexuales, eso ya se lo guardaba para ella.
También había descubierto recientemente, y gracias a Cassandra, que todo el daño de Dante no se había emancipado con su partida. Ni con su olvido. Dante seguía clavado bajo su piel en cada respiración que daba. Cada vez que se miraba al espejo y crecía una pizca de la autocompasión y el odio inminente por sí misma. Cada vez que se planteaba si hoy debía comer chocolate, o mejor dejarlo para la siguiente semana. Cada vez que usaba ropas más y más largas. Ahí estaba Dante.
Y la peor de las heridas, era la que estaba cuando se quedaba a solas con un chico, cuando no se atrevía a mirar, por si la besaba, porque ya dudaba hasta que supiera besar. Ya no gustaba, porque ella no se gustaba. Cualquier indicio de interés la hacía huír, cuando antes le gustaba jugar. Ahora ya no se desnudaba delante de ningún hombre. Y cuando la tocaban por debajo de la ropa, entre las piernas, se asqueaba. Y sabía que la culpa era de Dante.
Roxy estaba cansada. Completa e irremediablemente cansada. Necesitaba dejar de circular, porque el coche merecía una revisión, y porque ya hasta las gasolineras al pie de la carretera las dejaba atrás. Sabía que al final se pararía, que las tuercas tenían que ser apretadas. Un lavado, una puesta apunto, y podría volver a correr libre. Pero estaba tan cansada que le daba miedo que su coche se quedase en el arcén, igual que le daba miedo que algún mecánico lo estropeara, como Dante hizo. Que la estropeara.

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